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Los orígenes de Fenal

16 Abril 2019 510

Una persona. A la primera presentación editorial de la Feria del Libro de León asistió voluntariamente una persona. Treinta años después, los visitantes anuales se cuentan en decenas de miles. 

La sala Luis H. Ducoing (ahora Galería Jesús Gallardo) en realidad no estaba vacía, pero la mayoría de las personas que ocupaban un asiento eran parte del comité organizador, recuerda entre risas y pesares Ana María Riveira Pérez, la primera directora de la entonces Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil. 

“Senté a todo el mundo ahí (...) Nada más había una persona externa, un señor sí fue a la presentación del libro. Estaban llenas las veintitantas sillas pero todos éramos nosotros, ¡ja,ja!, pero por supuesto que el escritor nos cachó, pero ni eso había en León, ese hábito. La gente decía «presentación del libro, ¿qué es eso?, ¡qué aburrido!» y ahora no tienes que jalar gente”. 

Ésta fue una de las actividades con las que comenzaron a dar difusión y ‘calentar motores’ para la primera Feria del Libro en León, misma que planearon con solo dos meses y poco presupuesto. 

Todo comenzó cuando en una sesión del Consejo para la Cultura de León (ahora Instituto Cultural de León), el periodista Leopoldo Navarro propuso crear una Feria del libro en la ciudad. Los mismos miembros de este grupo, entonces presidido por Federico Zermeño Padilla, votaron a favor y se designó a Ana María como directora. 

“Me pidieron que yo realizara el proyecto y lo que hicimos fue contactarnos con la Dirección General de Publicaciones del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 

En ese entonces no tenía un presupuesto anual para ejercer, entonces era, proyecto que salía, proyecto que íbamos a pedir permiso y recursos”. 

Una vez aprobado su plan maestro, en marzo de 1990, Ana María, Polo y Eréndira Magaña, ‘Los tres tristes tigres’, tuvieron algunas semanas para trabajar toda la programación de la primera feria que se inauguraría el 25 de mayo.  

A diferencia de los encuentros con libreros que ya se hacían en la ciudad, esta feria tenía como objetivos la presencia de más fondos editoriales y de preferencia, con novedades. Además de la venta de libros, la finalidad principal era fomentar la lectura, sobre todo la lectura recreativa. De esta forma, además de los estands y las presentaciones editoriales, optaron por ofrecer talleres y espectáculos artísticos a los visitantes.  

En ese primer año estuvo el cantautor especializado en público infantil, Pepe Frank, hubo presentaciones de títeres y marionetas, y el escritor y cuentacuentos Eduardo Robles, mejor conocido como Tío Patota. 

“El Tío Patota ya sabía que iba a haber una feria en León, y yo investigué sus honorarios y dije «no, ni de locos», no lo podía contratar. Fui a la Feria del Libro de Querétaro, a echar un vistazo porque fue poco tiempo antes que la nuestra (...) y andaba el señor atrás de mí, alguien le dijo «ella es la directora de la Feria del Libro de León», hasta que me abordó y me dijo «bueno, ¿qué no me vas a invitar a tu feria?», y le dije yo «pues yo encantada de la vida pero no tengo con qué pagarte», «pero si no te voy a cobrar» (...), así mucha gente quiso participar y fue muy bonito”. 

Con este mismo espíritu de ayudar este proyecto prometedor pero naciente, se unieron siete talleristas de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey que no cobraron honorarios, así como amigos de la propia directora, entre ellos Mariano González Leal y Héctor Gómez Vargas, quienes se sumaron como cuentacuentos en el Patio de los Cuentos, un foro que se mantiene hasta ahora. 

Al principio, el desconocimiento de lo que sucedería en los 4 mil metros cuadrados que prestó el entonces Centro de Convenciones fue un filtro para promover la primera Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil, pero después de tocar muchas puertas, Ana María y su equipo lograron cerrar trato y convencer a empresarios locales de que la cultura y la lectura eran áreas en las que valía la pena aportar. 

“Conseguí en Flecha Amarilla y en fábricas de calzado, que no dieron precisamente dinero, nos prestaran sus camiones, sus transportes de personal en horas muertas, entonces hicimos todo un calendario de recorridos y horarios, de dónde a cuántos niños y en qué escuelas. 

Ni la gasolina me cobraban y recogíamos gente de la zona urbana, suburbana y rural (...) te puedo decir entonces que aproximadamente de 20 mil personas que fueron a la primera feria, como 19 mil fueron acarreados, o sea, los llevé, ¡ja,ja!”. 

Al terminar esa primera edición, directoras de escuelas le confesaron que muchos de sus alumnos habían asistido a la feria sin autorización de las autoridades estatales de educación quienes desconfiaban del proyecto que les era ajeno, pero fue entonces que las maestras y algunas madres de familia se organizaron para cuidar a los pequeños en los viajes con tal de no dejar pasar esta oportunidad.  

Para las siguientes ediciones todo fue mucho más fácil, pues no sólo se afama la feria entre colegios, direcciones y secretarías de educación, también entre las familias. 

“Era notable que los niños que iban con la escuela por las mañana, volvían por las tardes con sus papás”. 

Ana María Riveira Pérez permaneció como directora de esta feria por tres ediciones para posteriormente, integrarse al recién fundado Instituto Cultural de León como directora general. Casi una década después de marcar un precedente con este proyecto, una vez que se dedicó de lleno a la docencia, la feria dio un giro inesperado pero benéfico. 

En 2003, cuando Alicia Escobar Latapí se desempeñaba como directora del ICL, la Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil cambió de nombre a Feria Nacional del Libro (para posicionarse desde 2007 como FeNaL) y amplió su oferta editorial y de actividades. 

“De pronto me pregunté porqué, pero me di cuenta que fue porque había rendido frutos lo que nosotros teníamos planteado al principio, queríamos fomentar la lectura en niños y jóvenes, y sí había funcionado y ya era cosa familiar”. 

Treinta años después de aquella primera edición, la Feria Nacional del Libro de León no olvida sus orígenes y continúa con la promoción de la lectura desde edades tempranas pero también de la escritura infantil con concursos y premiaciones como ‘Hazle al Cuento’, además aún apuesta por una oferta de actividades para niños y jóvenes con talleres, celebra el 30 de abril con espectáculos escénicos para los pequeños y atrae año con año editoriales lúdicas y educativas que se especialicen en menores.  

Treinta años después, la Fenal se mantiene en el recinto que creyó en ella desde el inicio, pero ahora lo hace en 11 mil 340 metros cuadrados, lo que abarca las salas C2, C3 y C4 del Poliforum, antes Centro de Convenciones.

Treinta años después, la Feria Nacional del Libro de León espera más de 100 mil visitantes y se consolida como la fiesta de la palabra más grande del Bajío y una de las importantes de todo México. 

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